Con sentimientos de gran
conmoción y de profundo respeto no sólo la Iglesia, sino todo el mundo, han
recibido la noticia de su decisión de renunciar al ministerio de Obispo de
Roma, sucesor del Apóstol Pedro.
No seríamos sinceros, santidad,
si no le dijéramos que esta tarde hay un velo de tristeza en nuestro corazón.
En estos años, su Magisterio ha sido una ventana abierta hacia la Iglesia y el
mundo, que ha dejado pasar los rayos de la verdad y del amor de Dios, para dar
luz y calor a nuestro camino, también y, sobre todo, en los momentos en que las
nubes se adensaban en el cielo.
Todos nosotros comprendimos que
precisamente el amor profundo que su Santidad tiene a Dios y a la Iglesia le ha
impulsado a este acto, revelando esa pureza de ánimo, esa fe robusta y exigente,
esa fuerza de la humildad y de la mansedumbre, junto a un gran valor, que
caracterizaron cada paso de su vida y de su ministerio, y que pueden venir
solamente del estar con Dios, del estar ante la luz de la Palabra de Dios, del
subir continuamente a la montaña del encuentro con Él para volver a descender
después a la Ciudad de los hombres.
Santo Padre, hace pocos días con
los seminaristas de su diócesis de Roma, usted dijo que siendo cristianos
sabemos que el futuro es nuestro, el futuro es de Dios, que el árbol de la
Iglesia crece siempre de nuevo. La Iglesia se renueva siempre, renace siempre.
Servir a la Iglesia con la firme convicción de que no es nuestra, sino de Dios,
que no somos nosotros quienes la construimos, sino que es Él; poder decir con
verdad: “Somos siervos inútiles. Hemos hecho lo que debíamos hacer” (Lc 17,
10), confiando totalmente en el Señor, es una gran enseñanza que usted, también
con esta decisión sufrida, nos regala, no sólo a nosotros, pastores de la
Iglesia, sino al entero Pueblo de Dios.
La Eucaristía es un dar gracias
a Dios. Esta tarde nosotros queremos dar gracias al Señor por el camino que
toda la Iglesia ha hecho bajo la guía de su santidad y queremos decirle desde
lo más íntimo de nuestro corazón, con gran afecto, conmoción y admiración:
gracias por habernos dado el luminoso ejemplo de sencillo y humilde trabajador
en la viña del Señor, pero de un trabajador que ha sabido realizar en todo
momento lo que es más importante: llevar a Dios a los hombres y llevar los hombres
a Dios.